Cuando nada de lo que hago parece suficiente
Cuando nada de lo que hago parece suficiente
A veces, incluso cuando hago muchas cosas bien en mi día a día, siento que nunca es suficiente.
Cumplo con mis responsabilidades, me esfuerzo —y mucho—, pero aun así aparece una sensación persistente de que no soy suficiente.
Como si siempre hubiera algo más que debería haber hecho, algo que podría haber hecho mejor o algo que todavía falta.
Y, sin darme cuenta, ese diálogo interno se repite una y otra vez.
Esta experiencia suele estar muy vinculada a la sobreexigencia, que rara vez aparece de repente o por casualidad. En muchos casos se va gestando a lo largo de la vida. Es una forma que hemos desarrollado para adaptarnos a determinadas situaciones vitales en base a nuestro aprendizaje. Así, a veces aprendemos que para ser valorados debemos hacerlo todo bien. Por ejemplo, si en nuestro hogar solo recibíamos elogios cuando hacíamos algo bien o si esos momentos eran los únicos en los que nos prestaban atención y conectaban con nosotros/as.
En otras ocasiones, aprendemos que equivocarnos puede tener consecuencias importantes. Quizá cuando hacíamos algo mal aparecía un gesto de desaprobación por parte de nuestros padres o sucedía algo que nos hacía sentir que habíamos provocado un problema grave. Poco a poco vamos interiorizando que, si fallamos, decepcionamos a nuestra familia o perdemos su afecto. Y para un niño o una niña, esa es una de las experiencias que más puede doler.
Con el tiempo, esa exigencia externa puede transformarse en una voz interna que nos acompaña constantemente.
En terapia, muchas personas descubren que esa voz exigente no es necesariamente un enemigo, sino una parte que en algún momento fue útil: una forma de protegernos, de evitar errores, de anticipar problemas o de intentar mantener todo bajo control para no sentir el dolor de ser rechazados o no ser vistos.
Comprender de dónde viene esa exigencia puede ayudarnos, poco a poco, a relacionarnos con ella de otra manera, desde una relación más adulta.
Reducir la sobreexigencia no significa dejar de esforzarse ni renunciar a los propios valores. Significa aprender a sostenernos con mayor comprensión, reconocer nuestros límites y permitir que el descanso, la calma o incluso el error tengan también un lugar en nuestra vida.
Porque no permitirnos fallar o equivocarnos no es realista, y vivir siempre bajo el peso de la sobreexigencia puede privarnos de experiencias muy necesarias para disfrutar de la vida.
¿Y en tu caso, cómo es tu relación con la sobreexigencia?